Escalar para ser el mejor científico
Wilman Sánchez convirtió su sueño de niño en una vocación. Hoy investiga con nanomateriales en la Universidad de los Andes para aportar al tratamiento de enfermedades complejas.Lo que empieza como un sueño de infancia puede convertirse, con el tiempo, en el impulso que define un camino de vida.
Así fue para Wilman Sánchez. De niño era feliz jugando fútbol, como muchos otros a su edad. Pero en él también había una fascinación distinta: se imaginaba con una bata blanca, dentro de un laboratorio, rodeado de pipetas, experimentos y mezclas. Quería ser científico, “algo así como un Einstein”, dice entre risas. “Me gustaba hacer mezclas con agua, vinagre y otras cosas para pasar el tiempo”, recuerda.
Lo interesante de esta historia es que esa ilusión terminaría llevándolo a trabajar con nanomateriales capaces de transportar fármacos para tratar enfermedades complejas, como tumores cerebrales.
Nació y creció en San Gil, Santander, en una familia que ha sido su base y su refugio. Es el menor de tres hermanos y habla de sus padres como el núcleo que lo sostuvo siempre. Allí, entre árboles, caminatas y la energía de un lugar conocido por los deportes de aventura, transcurrió su infancia.
En el colegio, esa curiosidad por la ciencia fue tomando forma. Se destacaba en materias como química y matemáticas, y empezó a pensar que su futuro podía estar en una carrera relacionada con la investigación y el laboratorio. Fue entonces cuando una profesora le habló de Generación E, un programa del Gobierno nacional que facilitaba el acceso a la educación superior para estudiantes con buen desempeño académico y limitaciones económicas, y de la posibilidad de postularse si obtenía un buen puntaje en las pruebas Saber 11.
Asumió ese reto con disciplina, estudió con empeño, logró el resultado que necesitaba y encontró en ese programa una oportunidad decisiva para acercarse a aquello que había imaginado desde pequeño.
Con esa posibilidad sobre la mesa, ya no solo podía pensar en una carrera vinculada con la ciencia: también podía empezar a elegir dónde y cómo construir ese futuro. Descubrió la ingeniería biomédica en Los Andes y sintió que había encontrado un camino que reunía todo lo que lo movía: el laboratorio, la investigación y la posibilidad de aportar a la vida de otros.
Lo que vino después fue uno de los primeros grandes actos de valentía: dejar San Gil y mudarse a Bogotá a sus 16 años. Nunca había estado en la capital y tampoco conocía a nadie.
“Lo recuerdo con mucha nostalgia y con una sonrisa, al pensar en ese joven que conocía muy poco de la vida y que, aun así, se atrevió a enfrentarse a una ciudad tan grande lejos de mi familia”.
La Universidad fue también un descubrimiento paulatino. Recuerda el impacto de los salones, la amplitud del campus, la sensación de estar entrando a un mundo completamente nuevo.
En ese camino aparecieron las amistades que ayudan a resistir y a crecer. Conoció a Santiago en una materia de primer semestre y encontró en él a uno de esos compañeros que se convierten en apoyo constante. “Es de esos amigos que uno conoce desde el inicio y que terminan volviéndose fundamentales en el camino. Porque esto no se trata solo de uno. Se construye en equipo, y aprender de personas tan talentosas me ha ayudado muchísimo”.
Con el paso de los semestres, su vocación se fue afinando. Esa fascinación de niño por la bata blanca dejó de ser una imagen lejana para convertirse en una experiencia cotidiana. En los laboratorios de la Facultad de Ingeniría encontró un espacio para explorar, equivocarse, insistir y descubrir. Allí entendió que aquello que en la infancia parecía un juego era, en realidad, el comienzo de una vocación capaz de poner la ciencia al servicio de las personas.
Hoy esa apuesta toma forma en su línea de investigación, centrada en nanomateriales. Trabaja, en particular, con unos materiales conocidos como marcos metal-orgánicos, o MOF, estructuras diminutas, invisibles al ojo humano. “Estos materiales los hemos usado para liberar fármacos y tratar enfermedades, como el cáncer, en particular el glioblastoma, un tumor cerebral muy agresivo. Es un campo muy novedoso y con un potencial de impacto enorme. Además, también nos dedicamos a crear, descubrir y estudiar interacciones para desarrollar nuevos materiales”, señala.
Su curiosidad y sus ganas de aprender siguieron creciendo. Durante el pregrado empezó a tomar materias de maestría y, con el tiempo, esa exploración se convirtió en una decisión de largo aliento: continuar su formación en la maestría en Ingeniería Biomédica. Mientras avanzaba en ese proceso, trabajó también como asistente graduado, una experiencia que le ha permitido seguir aprendiendo, investigar y mantenerse cerca de la Universidad.
A ese recorrido se sumó una nueva oportunidad: una pasantía virtual con la Universidad de Cincinnati, donde trabaja en la aplicación de modelos de aprendizaje a problemas de gastroenterología.
Summa Cum Laude: fruto de un camino compartido
Pero, entre todos sus logros, el momento que más lo ha marcado fue su graduación de pregrado. Lo recuerda como una celebración del esfuerzo compartido, de los años de estudio, de las amistades construidas en el camino y, sobre todo, del respaldo de quienes lo han acompañado siempre. Ese día, además de recibir su diploma, se graduó con Summa Cum Laude, el reconocimiento más alto a la excelencia académica. Por eso quiso estar rodeado de sus padres, sus hermanas, una tía y su pareja: las personas que han estado a su lado en los momentos difíciles y también en los más felices.
“Ver a mi familia y a las personas que hicieron un esfuerzo para que llegara hasta allí, acompañándome en el momento de recibir ese diploma, es algo que va mucho más allá de un cartón. Ahí se condensan años de esfuerzo, aprendizajes, amistades y la persona en la que me he convertido”.
Hoy, mientras avanza en su maestría, desarrolla una pasantía internacional y profundiza en una línea de investigación con potencial para transformar vidas, Wilman mira hacia atrás y piensa en ese joven de 16 años que se enfrentó por primera vez a una ciudad enorme y desconocida.
“Si pudiera hablar con ese niño, lo felicitaría. Le diría que lo logró y que lo hizo de la mejor manera posible: recibiendo el reconocimiento más alto a la excelencia académica. También le recordaría que seguir adelante en los semestres difíciles, disfrutar los buenos y sostenerse en todo el proceso fue parte esencial del camino”. Porque, como hoy entiende, muchas veces los límites están en la mente, y llegar lejos también es cuestión de actitud, esfuerzo y valentía.
Wilman Sánchez junto a su familia durante la ceremonia de grado como ingeniero biomédico (octubre 2025).