Exposición: Roda, de la A a la Z
La muestra recorre la obra del maestro valenciano Juan Antonio Roda y revela su profundo vínculo con la literatura, el grabado y la enseñanza artística. Estará abierta hasta el 23 de mayo en la Sala Colpatria de Los Andes.Martha Rodríguez conoció a Juan Antonio Roda en 1966, cuando ingresó a la antigua Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes. Fue su alumna, siguió de cerca su obra durante décadas y hoy, desde la curaduría de la exposición ‘Roda, de la A a la Z’, ubicada en la Sala Colpatria de Los Andes, propone una lectura de su legado desde el grabado, la literatura y la enseñanza artística.
Nacido en Valencia, España, y radicado en Colombia desde 1955, el maestro Juan Antonio Roda se convirtió en una de las figuras decisivas del arte moderno en el país. Su obra se movió entre la abstracción gestual, la fuerza del color y unas series gráficas cargadas de preguntas, relatos e inquietudes. En Los Andes, donde dirigió la Escuela de Bellas Artes entre 1961 y 1974, impulsó una enseñanza moderna, libre y atenta a la voz interior de cada artista.
Roda no enseñaba a sus estudiantes a pintar como él. Esa, para Rodríguez, fue una de sus mayores lecciones. En lugar de imponer un estilo, buscaba que cada estudiante encontrara su propia forma de expresión.
"Sus clases no se limitaban a la técnica. Hablaba de pintura, de color, de manchas, de composición, pero también de cine, libros y artistas. Si había visto una película, llegaba entusiasmado a comentarla con sus estudiantes. Así, para muchos jóvenes de 18 o 19 años, fue una puerta de entrada a un universo cultural más amplio".
En esa época, la Escuela reunía nombres fundamentales para la historia del arte en Colombia. Además de Roda, estaban Santiago y Juan Cárdenas, Luis Caballero, Humberto Giangrandi y Augusto Rivera. “Era un espacio muy atractivo, muy interesante y muy lleno de vida. Se respiraba el arte, tanto en las clases como en las conversaciones de cafetería”, cuenta Rodríguez.
Juan Antonio Roda, director de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de los Andes entre 1961 y 1974, dejó una huella decisiva en la formación artística de varias generaciones. Foto: BADAC.
La muestra nació con una pregunta: ¿cómo acercarse a Roda desde su vínculo con la palabra? Para la curadora, esa relación aparece en tres dimensiones. La primera, en su vida como lector. “Roda fue un lector voraz. Desde los 11 años comenzó a leer gracias a una profesora que tuvo en Barcelona, y la literatura tuvo para él un peso enorme”, explica.
La segunda aparece en su manera de trabajar por series. Para Roda, cada conjunto de obras partía de un título, de una inquietud, de un argumento. En Risas, por ejemplo, se preguntaba qué pasaba cuando a la risa se le tapaban los ojos, cómo una imagen aparentemente alegre podía volverse inquietante. En El delirio de las monjas muertas, exploró el universo de unas pinturas anónimas de monjas retratadas en sus féretros, y a partir de ellas pensó en el amor místico, la represión, el cuerpo y la muerte.
“Son temas que comienzan por un concepto, por la palabra. Pero Roda advertía que el tema no tenía más fuerza que la forma en que se ejecutaba. Lo esencial era cómo convertir eso que venía al pensamiento en imagen”, señala la curadora.
La tercera dimensión está en sus colaboraciones con escritores y en sus ilustraciones. Una de las piezas centrales de la exposición es Del ojo a la lengua, publicación realizada con el poeta Darío Jaramillo. Allí, Roda invirtió el gesto habitual de la ilustración: en lugar de acompañar con imágenes un texto literario, le propuso al poeta escribir a partir de sus grabados. “Le dijo: yo ya le ilustré su libro de poemas de amor; ahora usted ilústreme con poemas mis grabados”, cuenta la curadora.
La exposición también incluye las ilustraciones que Roda hizo para Fortacha, un libro infantil de María Fornaguera, su esposa. Estas piezas se presentan en vitrinas, separadas de las obras en pared, para resaltar su carácter distinto dentro de la producción del artista.
Uno de los núcleos más importantes de la muestra está compuesto por siete series gráficas. Para la curadora, se trata de algunos de los grabados más relevantes en la historia del arte colombiano. “Roda marcó un hito. Dividió en dos la historia del grabado en Colombia”, afirma. Cada serie está acompañada por palabras del propio artista y, en algunos casos, por comentarios de críticos que ayudan a comprender las preguntas detrás de cada conjunto.
El recorrido también incluye tres grabados a color, más cercanos a su pintura, así como obras de la serie Santuarios, realizadas al final de su vida. Esta última serie toma su título de la novela de William Faulkner, autor que Roda leía antes de morir. Algunas de estas obras quedaron inconclusas, pues el artista las trabajó hasta pocos días antes de enfermarse.
La exposición guarda, además, una pintura de 1945, desconocida para muchos, que llegó a manos de Darío Jaramillo como un regalo. Es una obra temprana, con influencia impresionista, firmada por Roda cuando tenía alrededor de 23 años. No se sabe con certeza si fue la obra con la que ganó un premio en un salón de arte joven en Barcelona, pero su aparición permite abrir el recorrido desde uno de sus primeros momentos creativos.
El público encontrará alrededor de 80 piezas, en su mayoría grabados, además de pinturas, ilustraciones, un dibujo abstracto titulado Ciudades perdidas, dos matrices de grabado y varias obras que permiten ver la amplitud de sus lenguajes. Allí conviven el Roda de la pintura gestual, espontánea y cargada de color, con el Roda de los grabados: más lento, meditado, narrativo y profundamente inquietante.
"Para las nuevas generaciones, la exposición es también una oportunidad para entender el lugar de Roda en la historia del arte colombiano", señala la curadora Marta Rodríguez.
En ‘El delirio de las monjas muertas’, exploró el universo de unas pinturas anónimas de monjas retratadas en sus féretros, y a partir de ellas pensó en el amor místico, la represión, el cuerpo y la muerte.
Inauguración ‘Roda, de la A a la Z’
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