¿El pobre es pobre porque quiere?
Lugar de nacimiento, educación del hogar, calidad del sistema educativo y seguridad definen qué tan lejos puede llegar una persona. Aunque el país ha avanzado, la movilidad social todavía está lejos de ser una realidad para todos.“Aunque el país ha mejorado frente a generaciones anteriores, la posibilidad de estudiar, graduarse y avanzar en la vida sigue marcada por el municipio en el que se nace, el nivel educativo del hogar, la calidad de la escuela y las condiciones de seguridad”, resalta Sandra García, doctora en política social de la Universidad de Columbia.
De eso se trata la movilidad social: ¿qué tanto puede cambiar la vida de una persona frente a las condiciones en las que nació?
En una sociedad con alta movilidad social, explica la experta, el origen no determina el destino. Un niño o una niña que crece en un hogar con pocos recursos o con padres de baja escolaridad puede terminar el bachillerato, entrar a la universidad y construir un camino distinto. En una sociedad con menos posibilidades de avanzar, en cambio, esas oportunidades siguen dependiendo en gran medida del lugar y de las condiciones en que se nace.
En Colombia, esa desigualdad de oportunidades sigue siendo profunda y, además, varía según el territorio. “Mientras en algunas zonas urbanas y andinas un niño que nace en un hogar con baja escolaridad puede graduarse del colegio e incluso llegar a la universidad, en otras regiones esa posibilidad sigue siendo muy reducida. El contraste es especialmente fuerte en el litoral Pacífico, donde la inmovilidad social continúa siendo alta”, señala García, profesora de la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo de Los Andes.
El territorio y la seguridad también definen las oportunidades
La geografía, sin embargo, no actúa sola. En el país, también pesan el conflicto armado, la precariedad de la infraestructura, la baja productividad local y la debilidad de la oferta de servicios sociales. En los municipios más afectados por la violencia, advierte la profesora, las oportunidades de progreso tiende a ser menor, tanto por el impacto directo del conflicto sobre las comunidades como por los riesgos que enfrentan niños, niñas y adolescentes: confinamiento, dificultades para asistir al colegio e incluso amenazas de reclutamiento.
A eso se suma una situación menos visible, pero decisivo: la calidad del sistema educativo local. No en todos los municipios del país existen instituciones que ofrezcan educación media completa. En otras palabras, hay jóvenes que llegan a noveno grado y no tienen dónde cursar décimo y once, a menos que se trasladen a otro lugar, algo que muchas familias no pueden costear. También influyen la calidad de los docentes y sus condiciones laborales. Allí donde faltan profesores bien formados y con estabilidad, las oportunidades de ascenso social se reducen.
Hablar de las posibilidades de avanzar también implica desmontar una idea tan repetida como injusta: “el pobre es pobre porque quiere”. García Jaramillo insiste en que la evidencia muestra otra cosa.
"Algunas de las brechas empiezan incluso antes de que un niño entre al colegio. La falta de acceso a agua potable, por ejemplo, puede afectar la nutrición y la salud desde los primeros años de vida, con consecuencias en el desarrollo físico y cognitivo. Esas desventajas tempranas se traducen después en rezagos escolares, mayores dificultades de aprendizaje y menos posibilidades de avanzar en la trayectoria educativa".
También hay razones para el optimismo. La académica recuerda que algunas políticas sí han mostrado efectos positivos. Programas de transferencias monetarias como Familias en Acción, por ejemplo, ayudaron durante años a reducir la deserción y favorecer la permanencia escolar. La gratuidad de la educación pública también ha contribuido a ampliar oportunidades.
En esa misma línea, María José Álvarez Rivadulla, profesora de Sociología de la Universidad de los Andes, señaló en una entrevista con el periódico El País que programas como Ser Pilo Paga abrieron oportunidades inéditas para jóvenes que fueron los primeros de sus familias en acceder a la educación superior. “Cambió la vida de miles de jóvenes, que luego han transformado sus trayectorias familiares. Muchos son los principales proveedores, los que mandan a la hermana a clases de inglés, los que invierten en el emprendimiento de un tío. Son modelos para sus comunidades, al señalar que la educación es un camino para la movilidad social”.
Por eso, mejorar esta realidad no depende de una sola medida, son necesarias una cadena de decisiones públicas sostenidas. Entre las acciones con mayor potencial, la profesora destaca garantizar acceso efectivo a la educación básica y media en todos los territorios, asegurar docentes de alta calidad y buenas condiciones laborales, proteger la seguridad de niños y adolescentes, y fortalecer políticas de acompañamiento a las familias y de cuidado en la primera infancia.
Lo más preocupante, advierte Sandra García Jaramillo, es que este tema no suele ocupar un lugar visible en el debate nacional. De cara a las elecciones, mientras la atención pública se concentra en otras urgencias, niños y jóvenes continúan creciendo en contextos que limitan sus posibilidades antes incluso de empezar. “Es una emergencia silenciosa”, dice. Y, justamente por eso, insiste, es urgente volver a ponerla en el centro de la conversación.
En este contexto, desde distintas áreas se ha abordado el problema. La película documental El Juego de la Vida, por ejemplo, dirigida por el periodista y documentalista Andrés Ruiz Zuluaga, hace énfasis en esas barreras, y desigualdades, pero también en aquellas pequeñas victorias de cinco familias colombianas a las que filmó durante 14 años para hacer visible las dinámicas de pobreza en las zonas rurales y urbanas del país; y cómo el origen continúa marcando las trayectorias de vida.
Andrés Ruiz lo expresa así, al referirse a la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes (ELCA), realizada por la Facultad de Economía y base del documental: “Cuando conocí una investigación sobre pobreza y movilidad social, sentí que ahí podía encontrar las respuestas que buscaba desde niño. Así empezó este viaje: acompañando durante más de una década a familias, viendo cómo enfrentaban el dolor, la injusticia, los sueños rotos y las pequeñas victorias”.
En Colombia, el lugar donde se nace todavía pesa en las oportunidades de estudiar, trabajar y salir adelante.