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Espacios y proyectos
16/03/2026
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Un vehículo robótico capaz de cumplir misiones espaciales

Ceres: amistad y ciencia en un proyecto de estudiantes que crearon un robot para enfrentar una misión a Marte. Además ofrece soluciones a problemas reales en la Tierra.

Entre cables sueltos, motores en prueba e impresiones 3D, trece estudiantes de diferentes carreras de la Universidad de los Andes se unieron para construir un sueño compartido: un vehículo robótico capaz de cumplir misiones espaciales. El resultado: un proyecto interespacial que también ofrece soluciones a problemas reales en la Tierra y amigos para toda la vida. 

 

Felipe Ruiz, estudiante de doble programa, Ingeniería Mecánica e Ingeniería Electrónica, y Nicolás Correal, también de Electrónica, lideraron esta travesía. Se conocieron en ROBOCOL, una iniciativa estudiantil que impulsa la robótica aplicada y el trabajo colaborativo entre disciplinas. 

 

Una competencia de otro planeta

 

Un equipo: diseñadores, geólogos e ingenieros.

 

Un escenario: la Estación de Investigación del Desierto de Marte, en Hanksville, Utah. 

 

Se trataba del University Rover Challenge 2025 (URC), una competencia internacional organizada por la Mars Society, que desafía a estudiantes de todo el mundo a diseñar y construir rovers capaces de enfrentar desafíos similares a los de una misión real en Marte. 
 

Las pruebas no eran menores. Los robots debían desplazarse de forma autónoma por terrenos hostiles, manipular objetos con precisión, analizar muestras del suelo y ejecutar tareas científicas bajo condiciones simuladas de exploración espacial. Hubo más de cien postulaciones y solo los mejores clasificaron a la ronda final.  

 

La fuerza de la amistad

 

El rover fue construido casi en su totalidad en los laboratorios de la Universidad de los Andes. “Solo unas pocas piezas de madera se fabricaron por fuera. Todo lo demás, desde el diseño de los motores hasta el ensamblaje final, se hizo aquí”, explica Felipe. Los primeros prototipos fueron impresos en 3D y, a medida que el diseño maduraba, incorporaron piezas mecanizadas en aluminio. El desarrollo fue progresivo, iterativo, lleno de pruebas, errores y aprendizajes. “Los motores pasaron por al menos 20 versiones”, cuenta Nicolás. Lo más difícil, coinciden, fue lograr que funcionara como querían. Pero lo consiguieron.

 

Lo que más resalta de este proyecto, al que denominaron Ceres, es su naturaleza interdisciplinaria, pues trabajan estudiantes de las ingenierías electrónica, mecánica, de sistemas, pero también de diseño y geociencias. “Es como una pequeña empresa. No solo fabricamos un producto: también pensamos en la identidad visual, gestionamos patrocinios, organizamos la logística y resolvemos problemas reales”, cuenta Felipe.

 

Cada profesión aportó lo suyo: los diseñadores se encargaron de la imagen del rover y su interfaz visual; los ingenieros mecánicos trabajaron en la suspensión y estructura; los electrónicos desarrollaron sensores y sistemas de comunicación; los de sistemas, la navegación autónoma. Desde geociencias, incluso, se sumaron al reto de analizar el terreno simulado en busca de condiciones para la vida.


“Cuando entré a Geociencias, imaginaba mi campo profesional en áreas muy físicas, como monitorear sismos o volcanes desde el Servicio Geológico. Pero al participar en esta iniciativa, descubrí nuevas posibilidades: la geología planetaria, el análisis de datos con sensores remotos y el uso de satélites para mapear otros planetas como Marte”, cuenta Valentina Agudelo, integrante de Ceres.

 

Pero detrás de cada línea de código, cada punto de soldadura, cada iteración, hubo una red de apoyo aún más poderosa: la amistad. Trabajar en grupo, cuentan entre ellos, obliga a ver el mundo desde otras perspectivas. "A veces uno se bloquea, pero la creatividad del otro te impulsa. Si uno se desmotiva, el ánimo del equipo te levanta".

 

Y esa conexión fue más allá del laboratorio. “Como compartimos intereses tan grandes como este proyecto, también compartimos otros más personales. Jugamos juntos en las noches, salimos a acampar, nos acompañamos. Pasar casi 24/7 juntos no solo fortaleció el proyecto, también fortaleció nuestras relaciones. Hicimos amigos para toda la vida”, señala Nicolás.

 

“Este año quedamos en el puesto 21, pero, para ser la primera vez que clasificamos y participamos con este rover, es un logro enorme. Solo haber llegado hasta Utah, compartir y aprender como equipo, ya fue una victoria. Y haber alcanzado esa posición lo hizo aún más significativo”, dice orgulloso Felipe. 

 

Aunque el robot fue concebido para la competencia, su diseño apunta más lejos. Gracias a su sistema de suspensión activa, la fuerza de su brazo robótico y su capacidad de adaptación, el equipo busca utilizarlo en agricultura de precisión, desminado, operaciones de rescate, entre otros procesos de automatización. 

 

Rover en la oscuridad


En las pruebas nocturnas, el rover operó en condiciones de baja visibilidad bajo escenarios similares a los de una misión espacial.