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A profundidad
19/10/2026

Los museos son espacios para comprender nuestra historia

El retiro de piezas del Museo Nacional invita a comprender cómo los objetos cuentan la historia del país y qué papel cumplen los museos en la conservación de la memoria y su transmisión a las nuevas generaciones.

Una sala de museo se lee en conjunto. Los objetos, las obras y los documentos dialogan entre sí para contar una historia. Por eso, retirar una pieza también puede modificar el sentido de las que permanecen y ofrecer una visión parcial del pasado. Con esa idea, Mario Omar Fernández, científico de la conservación del patrimonio cultural y profesor de la Facultad de Artes y Humanidades de Los Andes, propone abordar la discusión sobre el retiro de piezas del Museo Nacional de Colombia a partir de unas preguntas básicas: qué es un museo, para qué sirve y por qué conserva los objetos que encontramos en sus salas.

 

El profesor recuerda que el Museo Nacional no es exclusivamente un espacio para el arte. Sus colecciones también permiten aproximarse a la historia y la antropología del país. Allí, el valor de una pieza no depende únicamente de sus cualidades artísticas: un documento o un objeto cotidiano pueden dar cuenta de una transformación social, una lucha por los derechos o un episodio del conflicto.

 

Es el caso del bolígrafo con el que se firmó el primer Acuerdo de Paz con las FARC, una de las piezas reportadas como retiradas. Conocido como el ‘balígrafo’, fue elaborado con un casquillo de bala: un elemento asociado con la guerra convertido en un instrumento para escribir la paz. Su importancia combina ese simbolismo con su vínculo directo con un acontecimiento histórico. En el museo, permite contar los esfuerzos por poner fin al conflicto armado y reflexionar sobre la posibilidad de resolver las diferencias mediante el diálogo.

 

Esa capacidad de los objetos para ayudarnos a comprender el pasado encuentra eco en una frase atribuida a la maestra Beatriz González, que cuelga en un pendón en la fachada del Nacional: “El museo no debe glorificar el pasado, sino hacerlo legible”. La artista e historiadora del arte, egresada de la Universidad de los Andes y fallecida en enero de 2026, exploró el dolor, la violencia y la memoria a partir de imágenes de prensa. En obras como Los suicidas del Sisga y Auras anónimas, invitó a detenerse ante vidas y acontecimientos que podrían perderse entre las noticias.

 

Esa preocupación también orientó su labor como curadora de Arte e Historia del Museo Nacional, entre 1989 y 2004. Durante su gestión impulsó la investigación de las colecciones para enriquecer las salas permanentes y ofrecer a los visitantes herramientas para interpretar la historia del país.

 

Para Patricia Zalamea, profesora del Departamento de Historia del Arte de Los Andes, los museos construyen identidad no solo porque preservan la memoria y los documentos que constituyen nuestra historia, sino también porque son espacios de diálogo y construcción conjunta. “Si antes se pensaba que eran espacios de ‘conservación’, ahora se entienden como lugares de ‘construcción’ colectiva. En museos del mundo, existe esta nueva concepción del museo, en donde dialogan con su público de forma constante. En particular, los museos nacionales existen a raíz de la concepción misma de nación que emerge en el siglo XIX y se plantean la pregunta de qué significa ser nación”, señala.

 

En esa construcción colectiva participan curadores, artistas, investigadores, comunidades y visitantes, cuyas experiencias, preguntas y memorias invitan a cuestionar las narrativas del pasado y enriquecen la reflexión sobre lo que nos constituye como sociedad.

 

 

El museo no debe glorificar el pasado, sino hacerlo legible

En la fachada del Museo Nacional, una frase de la maestra Beatriz González invita a pensar cómo se cuenta la historia.

El museo también cuenta las memorias difíciles de una nación

 

Entre las obras retiradas de la Sala de Memoria y Nación, Patricia Zalamea, Ph. D. en Historia del Arte de la Universidad de Rutgers, llama la atención sobre las de Carlos Correa, Pedro Alcántara y Alonso Quijano. Se trata, señala, de artistas consagrados, cuyas piezas son consideradas clásicas dentro de la historia del arte colombiano y abordan el periodo conocido como La Violencia.

 

Uno de los casos que destaca es La cosecha de los violentos (1968), de Alonso Quijano. Según explica, el grabado se inscribe en el contexto de la violencia bipartidista de mediados del siglo XX y muestra cuerpos yacientes bajo un árbol también muerto. Su fuerza radica en una denuncia que trasciende un episodio específico: “denuncia simbólicamente lo absurdo de toda violencia, sin aludir concretamente a un lugar o evento particular”.

 

Dar espacio a esas representaciones del pasado plantea un reto que Catalina Muñoz Rojas, profesora de Historia de la Facultad de Ciencias Sociales de Los Andes, lo explcia asi: “La tarea que tienen los museos no es fácil: sobre todo un museo nacional debe representar a una sociedad que no es monolítica, que no es homogénea”.

 

Esa diversidad, explica la historiadora, comprende también desigualdades, exclusiones y relatos contradictorios. Por eso, conservar testimonios de distintos sectores de la sociedad permite que el museo amplíe la conversación sobre quiénes somos, incluso cuando esas historias resultan difíciles o generan desacuerdos. “Si queremos que el museo sea ese lugar en el que cabe una nación, debe ser un lugar de debate y lo más abierto posible”, sostiene. Esa apertura permite que las nuevas generaciones expresen sus puntos de vista y conecten el pasado con su presente.

Quijano "La cosecha de los violentos" (de 1968)

Imagen tomada del sitio web de las Colecciones del Banco de la República de Colombia.