¿Qué es Conocimiento abierto?
Ciencia y creación, transparente y reproducible
La apertura del conocimiento se ha vuelto tendencia a nivel mundial, por lo tanto, se está dando un cambio en la cultura científica que predomina hoy en día, al hacerla más “inclusiva, accesible, participativa, colaborativa y acompañada”[1]. En otras palabras, se trata de hacer conocimiento más transparente y democrático. Transparente en la medida en que los recursos necesarios para hacer y divulgar conocimiento sean accesibles para todos. Democrático en tanto favorece una mayor participación de los ciudadanos en actividades de investigación y una relación más cercana entre la investigación y la toma de decisiones gubernamentales.
El problema de la replicabilidad
Pero esto no es todo lo que el Conocimiento abierto reivindica. Uno de los grandes problemas que afectan a la investigación hoy en día es el de la replicabilidad. Esta se ha definido de distintas maneras de acuerdo con el área de investigación. En las ciencias naturales, la replicabilidad es obtener resultados consistentes en estudios que buscan responder la misma pregunta, cada uno de los cuales obtuvo sus propios datos[2]. Mientras que, en áreas como el patrimonio se refiere a los flujos de trabajo para asegurar la permanencia de los archivos y la información guardada[3]. Para las ciencias naturales es importante repetir los experimentos porque esto asegura que los resultados de las investigaciones son válidos y seguros. Pero, debido al gran volumen de investigaciones que se publican en el mundo y a la dificultad de acceder tanto a los datos como a los procedimientos que usaron estas investigaciones, muchos de los estudios que se publican no son reproducidos. Es decir, una gran cantidad del conocimiento científico no es revalidado. Como solución, el Conocimiento abierto propone abrir los datos, las bitácoras de investigación y otros insumos, lo que permite circular los resultados de las investigaciones de manera eficiente.
Ciencia abierta: un largo camino
Dentro del Conocimiento abierto, uno de los movimientos más conocidos es el de la Ciencia abierta, que hoy es tendencia mundial, pero tiene un largo pasado de obstáculos y pequeños pasos en la dirección correcta. Los inicios de este movimiento se pueden rastrear a finales de la década de 1990, cuando se dio la Conferencia Mundial de Ciencia del siglo XX. En esta, se propuso una nueva mirada al rol social de la ciencia, a la par que se discutió sobre la necesidad de abrir el conocimiento científico. Tras este primer impulso, en 2002 se firmó la Declaración de Budapest, reconocida como la primera declaratoria institucional en definir el concepto de Acceso Abierto y sus distintas variantes. Allí se establecieron las [vías dorada y verde], además de la posibilidad de publicar en revistas de acceso abierto, como formas en las que se puede alcanzar este objetivo.
Varias declaraciones, como la de Bethesda (2003) y Berlín (2003), le siguieron a la de Budapest. Así pues, el movimiento por la Ciencia abierta comenzó a tomar fuerza y varias de sus vindicaciones fueron tenidas en cuenta por organizaciones como la OCDE, que adoptó una declaración en 2006 en la que discute la importancia de que el acceso a datos de investigación sea financiado con recursos públicos. Además de acceso a publicaciones y datos, otro tema que entró en la agenda fue el de las métricas, como resultado de la Declaración de San Francisco (2012). Las métricas son medidas para estimar el impacto y la relevancia de los investigadores. Usadas por las instituciones para determinar a qué departamentos, proyectos o investigadores se les debería asignar recursos, las métricas han conquistado un lugar central en la academia. Sin embargo, no son pocos quienes señalan las debilidades en la medición propuesta y lo cierto es que en muchos casos estas no reflejan adecuadamente la calidad o los méritos de la producción académica de los investigadores. De ahí que la Declaración de San Francisco propusiera que los méritos formaran parte de la evaluación de las investigaciones y no únicamente las métricas.
Desde estas declaraciones, el movimiento por la Ciencia abierta ha cobrado fuerza y favorecido su institucionalización. En Europa, este proceso se dio a través de la Comisión Europea, que en 2014 realizó una consulta pública sobre nuevas maneras de entender la Ciencia. A partir de esta consulta se construyó el concepto de Ciencia 2.0, entendido como un cambio en la manera de hacer y organizar la ciencia, lo que abarca no solamente las formas de investigar, sino su impacto y rol social. A partir de aquí se formularon requerimientos para Horizonte 2020, probablemente el más importante programa de investigación e innovación de la Unión Europea, con miles de millones de euros de presupuesto.
El paso a la globalidad lo dio la UNESCO. Debido a la pandemia del Covid-19, se hizo evidente la necesidad de aumentar la cooperación científica entre los países. Esta cooperación necesita que la ciencia sea abierta, inclusiva y colaborativa. Por esta razón, en 2020 los directores generales de la UNESCO y la OMS hicieron un llamado en favor de la Ciencia Abierta, apelando al artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: el derecho a la cultura, a la propiedad intelectual y a disfrutar del progreso científico. Después de este llamado, la UNESCO formuló en 2021 una [serie de recomendaciones] sobre la Ciencia Abierta, aprobadas por 193 Estados miembros de la organización. Estas recomendaciones comprenden un consenso sobre la definición de Ciencia Abierta, sus principios y acciones para implementarla.
Transparente y reproducible
Dos principios fundamentales del Conocimiento abierto son la transparencia y la reproductibilidad. Sin embargo, la historia de estos principios en la práctica académica no siempre ha logrado coincidir.
En el siglo XVII, era una práctica común para los investigadores ser lo menos transparente posible con sus investigaciones. Usualmente, esos antiguos científicos encriptaban sus descubrimientos y no los hacían abiertos por temor a ser perseguidos o hasta cuando pudieran sacar provecho de estos, por temor a que alguien les robara el crédito. Galileo solía encriptar sus descubrimientos usando anagramas, los cuales son palabras que se forman al reordenar las letras de otra palabra— por ejemplo, un anagrama de “ser” es “res”. En 1610, Galileo le envió un anagrama al astrónomo Johannes Kepler, el cual decía:
SMAISMRMILMEPOETALEUMIBUNENUGTTAURIAS
Kepler, intrigado por el significado de este enigma, formó las siguientes palabras con esas letras:
SALVE UMBISTINEUM GEMINATUM MARTIA PROLES
(Salve ardientes gemelos, prole de Marte.)
Es decir, Kepler creyó que el anagrama de Galileo quería decir que este había descubierto dos satélites en Marte. Sin embargo, lo que en realidad decía el anagrama era:
ALTISSIMUM PLANETAM TERGEMINUM OBSERVAVI
(He observado el planeta más alto [Saturno] en triple forma.)
O sea que, Galileo había visto a través de su telescopio lo que creía que eran dos lunas en los lados opuestos de Saturno. Estos eran los anillos de Saturno, los cuales no serían vistos adecuadamente sino medio siglo después por Christian Huygens[4].
Afortunadamente, hoy en día las prácticas académicas en cuanto a la transparencia han cambiado significativamente. Gracias a la introducción de revistas científicas, leyes de propiedad intelectual y, finalmente, el Internet, la producción académica se ha vuelto cada vez más transparente. Ya no es necesario descifrar anagramas para entender los descubrimientos científicos, pero esto no significa que no haya barreras a la transparencia de la actividad académica. En el contexto actual, hay múltiples impedimentos para el ejercicio de un conocimiento transparente. Por un lado, existen distintas publicaciones científicas a las que solo se puede acceder pagando, lo que bloquea su democratización. Por otro lado, los datos que se usan para las investigaciones son difíciles de acceder y esto dificulta verificarlos o reutilizarlos en otras investigaciones. Finalmente, los protocolos exactos que se siguieron en las investigaciones son difíciles de encontrar, lo que hace complicado verificar sus resultados.
Por lo anterior, el movimiento por un conocimiento más transparente es vigente y necesario. La transparencia, tal y como han demostrado los debates, todavía precisa de diferentes ámbitos del conocimiento, no todo está cubierto. Se parte de la idea de que, en este contexto, es inaplazable la existencia de [acceso abierto], [datos abiertos], [diarios y bitácoras de investigación abiertos], [entre otras cosas].
A diferencia de la transparencia, la replicabilidad ha tenido una historia un poco distinta. La investigación antes era una actividad de unos pocos individuos en lugares dispersos y ahora ha pasado a ser una tarea global, con muchos equipos, comunidades y organizaciones, y que emplea a cientos de miles de personas en todo el mundo. En el siglo XVII, debido a la pequeña escala de la investigación, las personas involucradas en la creación de conocimiento eran capaces de entender los descubrimientos de muchos campos del conocimiento. Hoy en día, la magnitud de la producción académica anual es descomunal, lo cual hace imposible acceder a todo el conocimiento especializado de muchas áreas.
Este crecimiento exponencial de la producción académica en el mundo, junto con los imperativos institucionales de “publicar o perecer”, son una de las causas de lo que se ha llamado la crisis de la replicabilidad. Como se ha dicho, la replicabilidad —en la ciencia— es la capacidad de repetir un experimento en diferentes situaciones, con diferentes sujetos e investigadores, es decir obtener resultados consistentes en estudios que buscan responder a la misma pregunta y que han obtenido sus datos por cuenta propia. Esto es importante porque una ciencia sin replicabilidad no es confiable.
La crisis de la replicabilidad se refiere al hecho de que muchos de los estudios científicos que se han realizado son difíciles o imposibles de replicar. Desde la década del 2010, se ha realizado una gran cantidad de estudios para determinar qué porcentaje de la producción científica no era replicable. El panorama no es muy alentador, ya que según The Reproducibility Project solamente alrededor de un 33% de los descubrimientos en psicología son replicables[5]. Y esto no se trata de una problemática exclusiva de la psicología, sino que es endémica de otros campos de investigación.
Para hacer frente a esta crisis, el Conocimiento abierto propone varias soluciones. Por un lado, defiende la necesidad de [compartir diarios y bitácoras de investigación] de manera abierta, pues en estos se detallan protocolos, metodologías, aciertos y errores que ocurrieron en el proceso de investigación. Destaca también la necesidad de cambiar el sistema de incentivos que financian la producción científica. Por ejemplo, se recompensa el descubrimiento pero no la réplica del experimento. Por lo pronto, en el debate actual se discute si es justo que el sistema de financiación en la ciencia esté construido en métricas de impacto[6].
Referencias
[1] Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, «Política Nacional de Ciencia Abierta 2022-2031» (Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, 2022), p.10.
[2] Engineering National Academies of Sciences et al., «Understanding Reproducibility and Replicability», en Reproducibility and Replicability in Science (National Academies Press (US), 2019), https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK547546/.
[3] James Hutson, Joesph Weber, y Angela Russo, «Digital Twins and Cultural Heritage Preservation: A Case Study of Best Practices and Reproducibility in Chiesa dei SS Apostoli e Biagio», Art and Design Review 11, n.o 01 (2023): 15-41, https://doi.org/10.4236/adr.2023.111003.
[4] José Luis Álvarez García, «Anagramas de Galileo», Ciencia 71, n.o 1 (marzo de 2020): 80-85.
[5] Felipe Romero, «Philosophy of science and the replicability crisis», Philosophy Compass 14, n.o 11 (1 de noviembre de 2019): e12633, https://doi.org/10.1111/phc3.12633.
[6] Frank Miedema, Open Science: The Very Idea (Dordrecht: Springer Netherlands, 2022), https://doi.org/10.1007/978-94-024-2115-6, p.76.