Sí, hay agua en Mercurio
Viernes, 09 de agosto de 2013 00:00

La colombiana Natalia Gómez, profesora de Geociencias y Física de Los Andes, es parte del grupo de investigación Messenger, apoyado por la Nasa, que estudia la superficie y el interior del planeta Mercurio. Acá, algunos de los primeros descubrimientos de la misión.

Por: Diego Pinzón Másmela
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Imágenes y fotos de Mercurio: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Carnegie Institution of Washington.

Los años 90, su pasión

Las melodías del violín de Natalia Gómez se dispersaban por su casa mientras sus padres hacían de espectadores. Allí habitaba la ciencia, pero la pasión de Natalia, en la niñez, fue la música. Una pasión que el tiempo se encargó de dividir. Ahora tiene 33 años, estudia los campos magnéticos planetarios y forma parte de un grupo de científicos, en la misión Messenger, de la Nasa, que investiga la superficie y el interior profundo del planeta Mercurio.

De partituras a ecuaciones “Mi niñez –dice Natalia— fue muy rara”. Andaba para arriba y para abajo con su violín. Estudió en el conservatorio y presentó conciertos de prueba para estudiar música en la Universidad Nacional. Un asunto, sin embargo, desafinaba en la sinfonía de su vida: “Quería estudiar algo además de música”.

Sin abandonar el instrumento, eligió el camino de sus padres (ambos químicos) y la sedujo la ciencia. Terminó estudiando música y física y ahora es doctora en geofísica de la Universidad de Alberta en Canadá. “Existe un planeta gigante debajo de nosotros y es fácil verlo, pero yo quería saber qué había dentro de él. Entonces me interesé por el campo magnético de la Tierra y otros planetas”, afirma Gómez.

Junto a su puerta está el rótulo ‘IP 203, Profesora Asistente’. Es la oficina donde, muy temprano, prepara las clases de Física 2 y de Geociencias para 120 estudiantes de la Universidad de los Andes y, además, recopila y analiza la información enviada por la nave espacial Messenger.

Natalia Gómez, profesora de Geociencias y Física de la Universidad de Los Andes
Cuando el Sol estornuda

Transcurría 1974. Natalia ni siquiera había nacido cuando, por primera vez en la historia, la nave espacial Mariner 10 exploró Mercurio. En esa época se descubrió que el planeta tenía campo magnético, algo inexplicable. Las investigaciones siguieron, los modelos numéricos avanzaron y se confirmó que sí había dicho campo y surgieron dudas como: ¿por qué es tan débil?, ¿cómo hace para mantenerse?

Para encontrar las respuestas, una nueva misión, llamada Messenger, voló en 2004. Se trataba de una nave, no tripulada, cargada con una memoria flash de poca capacidad. “Las memorias eran rudimentarias y no podíamos enviar un disco duro de 200 Gigas a bordo”, recuerda Natalia.

Messenger estaba diseñada para superar cualquier obstáculo, incluso las fuertes eyecciones solares o una temperatura que en la superficie del planeta (la nave orbita alrededor) llega a 420 grados centígrados en el día. “Uno de los problemas de Mercurio es su cercanía con el Sol, su distancia está entre 46 y 70 millones de kilómetros. La Tierra está a 150 millones”, agrega la investigadora mientras repasa algunas fotografías.

Desde la Tierra, los científicos –todos en diferentes lugares del mundo y divididos en cuatro grupos: geoquímica, geología, geofísica y de la atmósfera y la magnetosfera–, analizaban los datos e imágenes enviados por la nave. “Le propuse a Sean Solomon, principal investigador de la misión, estudiar el Dínamo de Retroalimentación, con el que explicaría las características de un campo magnético tan pequeño —cuenta ella, enfatizando en la sorpresa de Solomon—. Esa es la razón por la cual pertenezco, desde 2010, a esta misión”. Un campo magnético desvía las fuertes explosiones, en forma de viento, generadas por el Sol. Por eso en la Tierra se producen las auroras boreales y australes en los polos (ver gráfico Cuando el Sol estornuda).

Por un momento su oficina se convierte en aula de clase. Agarra el marcador frente al tablero –que ocupa un cuarto de la pared–, dibuja dos círculos y compara: “Nuestro planeta está protegido por un manto (magnetosfera) de 3.000 kilómetros de radio (en Mercurio es de apenas 200) que evita la penetración directa de las radiaciones solares”. Su cercanía al Sol, una protección tan pequeña y que no se hubiera chamuscado, inquietaba.

“La única defensa del pobre Mercurio es su campo magnético, que se produce en su interior profundo y genera un escudo (su magnetosfera), pero es muy chiquito”. Entre más grande es el campo, más grande debería ser el escudo. Inmediatamente simula a una persona muy gorda –se para como Olafo– y explica: “Es como si un hombre grandote tuviera un escudo pequeñito”.

En su investigación ‘Messenger Postdoctoral Fellow’, título de la propuesta hecha por Gómez, definió que el Sol puede modificar el movimiento, el tamaño y todo en el centro del planeta. Pero lo más importante fue demostrar que algunos estornudos del Sol (eyecciones) le daban una mano a Mercurio: “Es posible tener un campo pequeño. Simplemente, la presión que hace el viento solar comprime una burbujita en la que está la magnetosfera. Esta interacción puede mantener un campo magnético débil y, a la vez, un campo sostenido con dínamo”.

Agua en Mercurio

Tan solo una ventana baña de luz su oficina.

Se sienta sobre un balón de pilates y se pone frente al computador. En la mesa se recuestan, uno sobre otro, libros de ciencia, de física y de planetas. También hay un adorno, lápices y hojas regadas llenas de números y fórmulas matemáticas. Con un clic reproduce un video del 3 de agosto de 2004. Es Messenger desde el centro espacial de la Nasa, rumbo al espacio.

De los planetas, Mercurio es el más pequeño, el más denso, el de la superficie más antigua y el de mayor variación de temperatura. Pero el menos explorado. Su imagen es igual a la de la Luna, gris oscura y llena de cráteres, y su superficie está compuesta por rocas livianas con escaso contenido de hierro. “Allá uno nunca podrá ver un cielo azul. El Sol es como una bola de fuego acomodada sobre un fondo totalmente negro”, dice Gómez mientras toma de la mesa un recordatorio que le obsequió la Nasa por su participación en Messenger.

En ese paisaje apocalíptico existe algo insospechado. Sombras y brillos en los cráteres habían sembrado dudas, pero la idea de hielo en un planeta tan cercano al Sol era descabellada. “Luego de varias discusiones se sospechaba que podía ser azufre”, agrega. Las preguntas aumentaban y la misión se extendió hasta marzo de este año con un resultado sorprendente.

Un espectrómetro de neutrones comprobó que 80% del contenido de esos cráteres era hielo.

“Algunos meteoritos y cometas –dice ella– hicieron el cráter y dejaron el hielo que traían”. Señala en su computador un gráfico del planeta y concluye: “Y como ese rastro queda en la sombra todo el tiempo (jamás estará expuesto al Sol), mantendrá su estado sólido” (ver gráfico Agua en Mercurio).

Se cree que en Marte hay agua, pero aún la misión Curiosity (también de la Nasa) no ha encontrado evidencias. Sin ocultar su total alegría, Gómez afirma: “nadie estaba convencido de lograrlo y Messenger encontró agua primero que el Curiosity”. Otra vez clic y se cierra el video.

Una pasión dividida

Son casi las 5:00 p.m.

Una luz tenue traspasa la ventana de su centro de operaciones y empieza un nuevo afán. El teléfono repica… A la tercera contesta: “En cinco minutos le devuelvo la llamada”.

Saca una tímida sonrisa que perdura.

Ahora existen más motivos para ser feliz. Aquellas melodías de hace veinte años se convirtieron en cifras y ecuaciones, la pasión por la música y la ciencia son ahora de su esposo (también físico) y de su hijo Mateo. “Ser profesora y madre de un bebé de un año deja poco tiempo para seguir con la música como quisiera”.

Apaga su computador y algunos libros retoman su postura en una pequeña biblioteca más cerca del techo que del suelo. “Debo recoger a Mateo”, dice emocionada.

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